El mes pasado fui al el Vive
Latino. Yo no sé mucho de música, mis gustos están lejos de ser sofisticados e
incluyen lo mismo una pieza de ópera (ni sé si se dicen “piezas”) que una
canción de protesta, Gun´s N Roses, The Beatles, Arcade Fire, Silverio, Fabulosos Cadillacs, Alabama Shakes, OV7 y Shabadabada
bailada con su respectiva coreografía, Yuri y su Malita Primavera y El Amor
Después del Amor, de Fito Páez. Yo no voy al Vive a cultivarme musicalmente,
voy a divertirme.
Cuando llegué al escenario
principal, un amigo entrañable y su esposa nos dieron la bienvenida con la
frase “¡Qué bueno que se unen a los millennials!” y con un mezcal (ahora dicen que es la
bebida de moda para los hipsters y no podía faltar en este emblemático evento).
No me pudo dar más risa su comentario. Uno, porque casi todo lo que él dice me
provoca una carcajada por su atinado sarcasmo y humor negro. Dos, porque
evidentemente nosotros no somos millennials (generación nacida después de los
80).
Entonces me hice una pregunta
de esas agudísimas y bien profundas (sí,
sarcasmo propio): “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Contrario a lo que opinan
muchas de las personas con las que convivo cuando traigo puesta la playera de
“mamá”, creo que mi tiempo no ha pasado. Frases hechas como “ya no estoy para
esos trotes”, “las multitudes ya no son lo mío”, “prefiero una taza de té y una
cobijita leyendo un buen libro”, “ya no estoy para patear loncheras”, “así es
esto de madurar”, me parecen válidas si son verdad, pero al mismo tiempo creo
que el 90% dson conductualmente aprendidas. Tanto, que me dan ganas de
echarles una trompetilla a sus respetables emisores.
Y es que cuando uno rebasa los
treinta, peor aún, cuando uno se
convierte en padre o madre, automáticamente adquiere limitaciones sociales. Ya
no está bien reventar, el rock and roll se acabó, la máxima diversión a la que
aspiras es un miércoles de cine al 2x1 y, si te dices un adulto maduro,
responsable y buen padre debes dejar “la bohemia” a un lado para adoptar una
postura ejecutiva, que económicamente te reditúe (aunque tengas que vender tu
alma al diablo) y hacer alguna de las siguientes cosas (preferiblemente todas): hacerte de una casa con
jardín, comprar un auto familiar, tener la mejor carriola bababú o como se
llame, llevar a tus niños al gymboree, a la natación, al francés, al alemán, al
Kumón, a la terapia, al ballet, al patinaje o cualquier disciplina, por lo
menos una clase al día. Es tan demandante este perfil de puesto que
quienes tenemos un genuino interés por hacer esta onda de la paternidad bien
siempre estamos frustrados porque nunca es suficiente (ni lo será, no nos
engañemos).
La pregunta es ¿quién nos dijo
que así tiene que ser? ¿Y qué si no cumplimos con esa imagen que ha creado la
sociedad de lo que deben ser los “adultos responsables”? ¿Y qué si alguien nos
dijera que ese no es el camino correcto? ¿Y qué si juntos acabamos con
estereotipos baratos que aprisionan? ¿Y qué si queremos “hangear” con los truly
millennials”?¿Y qué si, después de un viaje familiar a un parque de toboganes en
Cuautla y sentimos desfallecer de cansancio, nos lanzamos al Vive Latino y
descubrimos que “we´ve still got it”, que gritar las canciones que nos gustan
entre chavitos mariguanos sigue siendo MUY divertido (y no por eso somos unos
inmaduros locos de atar a quienes el DIF debe alejar de sus hijos), que beber
en domingo sabiendo que la resaca del lunes nos la va a cobrar con intereses
vale la pena, y que a pesar de ser responsable de vidas ajenas, de la nuestra y
del papel que jugamos como ciudadanos de este mundo SEGUIMOS VIVOS!?
No juzgo a quienes les da
flojera este tipo de eventos, recalco. No estoy tampoco reinventando el hilo
negro con la reflexión a la que pretende invitar este texto. Tampoco estoy en
contra de quienes, honestamente, prefieren una rica taza de té, una frazada y
una buena película (o un churro, pues) en la cama a una hora decente, o
cualquier otra cosa. Lo único que estoy diciendo es que ni nuestro género, ni
nuestra edad, ni nuestro momento deben –per se– dictar nuestras actitudes. El
mundo sería un mejor lugar si los adultos actuáramos con la energía, la
inocencia y el valemadrismo de los niños. A ellos no les importa si lo que
hacen va “de acuerdo a su edad”, “de acuerdo a su grupo social” o “de acuerdo a
lo que dicta lo políticamente correcto” , ellos sólo lo hacen y, si están
siendo bien educados, enfrentan su respectiva consecuencia, igualito que
nosotros.
Así que sin importar el mote que tengamos: mamá, chava ruca, hipster, millennial, pouser (ese era de mis tiempos), ¿qué tal que hacemos lo que nos dé la gana para ser felices, vivimos y dejamos vivir?
