En la escuela de mis hijas, a partir de Prefirst practican la
hermosa actividad de irse unos días de campamento. La sé hermosa por la
experiencia que han tenido generaciones anteriores. Pero además, todos sabemos que
a nivel emocional y personal estos eventos enriquecen su relacionamiento con el
mundo.
Lo que no todos sabemos, mejor dicho, lo que yo no sé es la
razón de mi tristeza. A nivel teórico, uno debe sentir satisfacción y
realización con cada logro de los hijos, con cada paso que dan hacia su
crecimiento y formación como seres humanos. Debería estar agradecida porque han
sido siete años de salud, de risas, de amor desproporcionado, del más grande
aprendizaje de mi vida. Debería estar orgullosa de la persona que hoy puede
hacer tantas cosas por sí misma, que es humana, justa, defensora de los
derechos y que cuando sea grande quiere trabajar para ayudar al planeta.
Entonces, ¿qué me da miedo? ¿qué me detiene para sentirme
feliz? No es el campamento. Ella ha vivido tantos y de manera tan rústica, que
este campamento en particular le parecerá el Four Seasons. Tampoco es que
sienta que algo pueda pasarle, pues va con expertos en el tema que saben cómo
responder ante una emergencia. Confío en ella, sabe cuidarse, sabe que hay
peligros y sabe cómo permanecer alejada de ellos. Sé que va a disfrutarlo, a
ser feliz, a establecer vínculos con sus amigos que a su regreso serán inquebrantables. Lo que me aterra es dejar de ser su máximo en la vida.
¿Qué tiene que ver eso con el campamento?
Verán, cuando me volví madre de Sara descubrí que puedo hacer inmensamente feliz a
alguien. Un beso mío era todo lo que ella necesitaba para sentirse
tranquila. Mi voz, mi tacto, mi olor. Yo
era capaz de defenderla contra las más aterradoras pesadillas, era la heroína
que develaba la identidad secreta de Maléfica. Mis labios tenían poderes
curativos, mi voz para ella era tan hermosa como la de Aurora o Ariel, mis
chistes la razón de su risa incontrolada. A sus ojos, me siento la mujer más
hermosa, poderosa, valiente, admirable, fuerte, invencible.
Éste, su primer viaje sin mi cobijo, significa dejarla sentir lo que es el mundo sin mí… dejarla sentir lo que es volar…y arriesgarme a que (ojalá así sea) le guste.
Llegó el momento de poner en práctica el trillado dicho de que
los hijos no son nuestros, son personas que vienen a este mundo con una propia
misión, con un propio viaje y nosotros somos sólo facilitadores para que hagan
de él la más grandiosa aventura. Qué sencillo, qué básico, pero qué difícil
sentirlo en carne propia.
Va a comer sin mi supervisión, dormir sin mi bendición,
jugar sin mis cuidados, nadar sin mi ojo encima, sin que mis manos la hayan protegido con
bloqueador. Seguramente se caerá y aprenderá a no hacer una tormenta en un vaso
de agua, se sacudirá el raspón, se levantará y va a seguir corriendo. Será
capaz de decidir si se come esa comida que tanto odia, o dejarla. Probará las mieles de decidir sin que nadie la juzgue. Se le olvidará ponerse repelente y llegará
con el tobillo hinchado, habiendo aprendido que no puede dejarse de poner
repelente. En fin, le pasará todo y ... no le pasará NADA (sí, aunque no esté bajo mi cuidado).
Seguramente cuando regrese me sorprenderá ver cuántas cosas
podrá hacer por sí misma. Y eso podría hacerme sentir feliz, relajada, hasta
descansada, pues ya tendré una preescolar menos que cuidar, pero por el
contrario, me hace sentir miserable. Así como cuando alguien en el trabajo llega y demuestra que
sabe hacer lo mismo que tú, pero mejor. Así como cuando promueven a tu colega en tu
lugar. Así como cuando te das cuenta que ya no eres tan necesario para algo o
para alguien.
Racionalmente todo está bajo control y sé que nada es tan drástico como lo siento, sé que voy a seguir siendo necesaria toda su vida y que esto no es el fin de nada, sino el comienzo de mucho. Con todo y todo, mi corazón teme que este campamento marque el inicio de otra etapa en la que mi perfección para
ella se vaya desvaneciendo, mis defectos salgan a la luz, que ponga en
tela de juicio muchas de las cosas que le he enseñado, que me comparare, me
critique y que desee algún día ser la hija de una mamá diferente (más buena onda) para
después darse cuenta de que no, que cayó con la mamá indicada. ¿Por qué lo sé?
Porque está bien, así debe de ser, los seres humanos debemos cuestionarnos para crecer, para
ser mejores, para quedarnos con lo que nos sirve y desechar lo que no está en
nuestra carta de vida. Aplaudo que así sea, pero eso no quiere decir que las mamás no nos dolamos cuando perdemos ese protagonismo y esa exclusividad.
Dicen que el primer paso para salir de una crisis emocional
es reconocerla. Hoy sé que mi miedo es un miedo egoísta y ególatra (sí los dos), y que al haberlo
diagnosticado no puedo sino trabajar en vencerlo. Mejor que sea ahora, y no cuando emprenda
el vuelo definitivo porque, yo lo sé, ella va a volar en grande.
Aquí les dejo la lista de lo que empacaremos:
- 2 playeras, una para que, cuando sea necesario, se ponga la camiseta de su familia y otra para que vaya diseñando la suya, con sus propios aprendizajes y experiencias.
- 2 pantalones. Los míos, que le sirvan de autoridad aunque esté a la distancia y los suyos, para que se sienta segura y se defienda de cualquier cosa que la haga sentir incómoda.
- 2 shorts o bermudas, para que se tome esos días a la ligera y para que en sus fotos salgan esas piernitas, tan chiquitas y flaquitas como hábiles y resistentes. Quiero que lleguen llenas de raspones, moretones, piquetes de mosco, cicatrices y costras. Eso me hará sentir tranquila de que vivió esos días al máximo.
- 1 rompevientos, para los aires de nostalgia que le puedan dar. 1 sudadera, para que la haga sentir confortable y protegida.
- 1 traje de baño que asegure diversión y que cubra su cuerpo con mi cariño en todas sus aventuras acuáticas.
- 1 sandalias para baño que le protejan esos pies que alguna vez cupieron en la palma de mi mano y que amo oler.
- 2 pares de calcetines que no querré lavar cuando regrese, que lleguen tan negros que se vayan directo a la basura.
- 1 pijama con el olor de su casa, para que en la noche no se sienta sola.
- artículos de limpieza personal, porque los hábitos son importantes dentro y fuera de casa.
- 2 toallas para secar las gotas de diversión y dar paso al trabajo en equipo.
- 1 linterna con pilas de repuesto para que ilumine sus pasos.
- 1 bloqueador solar, porque su piel es un regalo hermoso que toda la vida le voy a besuquear (hasta que me lo impida).
- 1 repelente para que la tristeza, nostalgia y extrañamiento se queden muy lejos de su radar.
- 1 cámara fotográfica que registre esta primera de muchas aventuras y que, además de fotografías, guarde olores, sensaciones, canciones, temores y recuerdos.
- 1 bolsa para ropa sucia, en donde guarde todo lo malo que pueda pasarle y que cuando llegue a casa, lo lavemos juntas.
Y para quitarle lo solemne a esto, les dejo un regalo de uno de mis cantautores favorito: El campamento

