miércoles, 11 de junio de 2014

Ella está lista, yo no


Hoy por la tarde comenzaremos a hacer su primera maleta. ¿Confesión? Ella está lista, yo no.
En la escuela de mis hijas, a partir de Prefirst practican la hermosa actividad de irse unos días de campamento. La sé hermosa por la experiencia que han tenido generaciones anteriores. Pero además, todos sabemos que a nivel emocional y personal estos eventos enriquecen su relacionamiento con el mundo.

Lo que no todos sabemos, mejor dicho, lo que yo no sé es la razón de mi tristeza. A nivel teórico, uno debe sentir satisfacción y realización con cada logro de los hijos, con cada paso que dan hacia su crecimiento y formación como seres humanos. Debería estar agradecida porque han sido siete años de salud, de risas, de amor desproporcionado, del más grande aprendizaje de mi vida. Debería estar orgullosa de la persona que hoy puede hacer tantas cosas por sí misma, que es humana, justa, defensora de los derechos y que cuando sea grande quiere trabajar para ayudar al planeta.

Entonces, ¿qué me da miedo? ¿qué me detiene para sentirme feliz? No es el campamento. Ella ha vivido tantos y de manera tan rústica, que este campamento en particular le parecerá el Four Seasons. Tampoco es que sienta que algo pueda pasarle, pues va con expertos en el tema que saben cómo responder ante una emergencia. Confío en ella, sabe cuidarse, sabe que hay peligros y sabe cómo permanecer alejada de ellos. Sé que va a disfrutarlo, a ser feliz, a establecer vínculos con sus amigos que a su regreso serán inquebrantables. Lo que me aterra es dejar de ser su máximo en la vida. 

¿Qué tiene que ver eso con el campamento?

Verán, cuando me volví madre de Sara descubrí que puedo hacer inmensamente feliz a alguien. Un beso mío era todo lo que ella necesitaba para sentirse tranquila.  Mi voz, mi tacto, mi olor. Yo era capaz de defenderla contra las más aterradoras pesadillas, era la heroína que develaba la identidad secreta de Maléfica. Mis labios tenían poderes curativos, mi voz para ella era tan hermosa como la de Aurora o Ariel, mis chistes la razón de su risa incontrolada. A sus ojos, me siento la mujer más hermosa, poderosa, valiente, admirable, fuerte, invencible.

Éste, su primer viaje sin mi cobijo, significa dejarla sentir lo que es el mundo sin mí… dejarla sentir lo que es volar…y arriesgarme a que (ojalá así sea) le guste.

Llegó el momento de poner en práctica el trillado dicho de que los hijos no son nuestros, son personas que vienen a este mundo con una propia misión, con un propio viaje y nosotros somos sólo facilitadores para que hagan de él la más grandiosa aventura. Qué sencillo, qué básico, pero qué difícil sentirlo en carne propia.

Va a comer sin mi supervisión, dormir sin mi bendición, jugar sin mis cuidados, nadar sin mi ojo encima,  sin que mis manos la hayan protegido con bloqueador. Seguramente se caerá y aprenderá a no hacer una tormenta en un vaso de agua, se sacudirá el raspón, se levantará y va a seguir corriendo. Será capaz de decidir si se come esa comida que tanto odia, o dejarla. Probará las mieles de decidir sin que nadie la juzgue.  Se le olvidará ponerse repelente y llegará con el tobillo hinchado, habiendo aprendido que no puede dejarse de poner repelente. En fin, le pasará todo y ... no le pasará NADA (sí, aunque no esté bajo mi cuidado).

Seguramente cuando regrese me sorprenderá ver cuántas cosas podrá hacer por sí misma. Y eso podría hacerme sentir feliz, relajada, hasta descansada, pues ya tendré una preescolar menos que cuidar, pero por el contrario, me hace sentir miserable. Así como cuando alguien en el trabajo llega y demuestra que sabe hacer lo mismo que tú, pero mejor. Así como cuando promueven a tu colega en tu lugar. Así como cuando te das cuenta que ya no eres tan necesario para algo o para alguien.

Racionalmente todo está bajo control y sé que nada es tan drástico como lo siento, sé que voy a seguir siendo necesaria toda su vida y que esto no es el fin de nada, sino el comienzo de mucho. Con todo y todo,  mi corazón teme que este campamento marque el inicio de otra etapa en la que mi perfección para ella se vaya desvaneciendo, mis defectos salgan a la luz,  que ponga en tela de juicio muchas de las cosas que le he enseñado, que me comparare, me critique y que desee algún día ser la hija de una mamá diferente (más buena onda) para después darse cuenta de que no, que cayó con la mamá indicada. ¿Por qué lo sé? Porque está bien, así debe de ser, los seres humanos debemos cuestionarnos para crecer, para ser mejores, para quedarnos con lo que nos sirve y desechar lo que no está en nuestra carta de vida. Aplaudo que así sea, pero eso no quiere decir que las mamás no nos dolamos cuando perdemos ese protagonismo y esa exclusividad.


Dicen que el primer paso para salir de una crisis emocional es reconocerla. Hoy sé que mi miedo es un miedo egoísta y ególatra (sí los dos), y que al haberlo diagnosticado no puedo sino trabajar en vencerlo. Mejor que sea ahora, y no cuando emprenda el vuelo definitivo porque, yo lo sé, ella va a volar en grande.

Aquí les dejo la lista de lo que empacaremos:

  • 2 playeras, una para que, cuando sea necesario, se ponga la camiseta de su familia y otra para que vaya diseñando la suya, con sus propios aprendizajes y experiencias.
  • 2 pantalones. Los míos, que le sirvan de autoridad aunque esté a la distancia y los suyos, para que se sienta segura y se defienda de cualquier cosa que la haga sentir incómoda.
  • 2 shorts o bermudas, para que se tome esos días a la ligera y para que en sus fotos salgan esas piernitas, tan chiquitas y flaquitas como hábiles y resistentes. Quiero que lleguen llenas de raspones, moretones, piquetes de mosco, cicatrices y costras. Eso me hará sentir tranquila de que vivió esos días al máximo.
  • 1 rompevientos, para los aires de nostalgia que le puedan dar. 1 sudadera, para que la haga sentir confortable y protegida. 
  • 1 traje de baño que asegure diversión y que cubra su cuerpo con mi cariño en todas sus aventuras acuáticas.
  • 1 sandalias para baño que le protejan esos pies que alguna vez cupieron en la palma de mi mano y que amo oler.
  • 2 pares de calcetines que no querré lavar cuando regrese, que lleguen tan negros que se vayan directo a la basura. 
  • 1 pijama con el olor de su casa, para que en la noche no se sienta sola.
  • artículos de limpieza personal, porque los hábitos son importantes dentro y fuera de casa.
  • 2 toallas para secar las gotas de diversión y dar paso al trabajo en equipo.
  • 1 linterna con pilas de repuesto para que ilumine sus pasos.
  • 1 bloqueador solar, porque su piel es un regalo hermoso que toda la vida le voy a besuquear (hasta que me lo impida).
  • 1 repelente para que la tristeza, nostalgia y extrañamiento se queden muy lejos de su radar.
  • 1 cámara fotográfica que registre esta primera de muchas aventuras y que, además de fotografías, guarde olores, sensaciones, canciones, temores y recuerdos.
  • 1 bolsa para ropa sucia, en donde guarde todo lo malo que pueda pasarle y que cuando llegue a casa, lo lavemos juntas.
Y para quitarle lo solemne a esto, les dejo un regalo de uno de mis cantautores favorito: El campamento




miércoles, 30 de abril de 2014

Vivir y dejar vivir, esa es la cuestión

El mes pasado fui al el Vive Latino. Yo no sé mucho de música, mis gustos están lejos de ser sofisticados e incluyen lo mismo una pieza de ópera (ni sé si se dicen “piezas”) que una canción de protesta,  Gun´s N Roses, The Beatles, Arcade Fire, Silverio, Fabulosos Cadillacs, Alabama Shakes, OV7 y Shabadabada bailada con su respectiva coreografía, Yuri y su Malita Primavera y El Amor Después del Amor, de Fito Páez. Yo no voy al Vive a cultivarme musicalmente, voy a divertirme.

Cuando llegué al escenario principal, un amigo entrañable y su esposa nos dieron la bienvenida con la frase “¡Qué bueno que se unen a los millennials!” y con un mezcal (ahora dicen que es la bebida de moda para los hipsters y no podía faltar en este emblemático evento). No me pudo dar más risa su comentario. Uno, porque casi todo lo que él dice me provoca una carcajada por su atinado sarcasmo y humor negro. Dos, porque evidentemente nosotros no somos millennials (generación nacida después de los 80).


Entonces me hice una pregunta de esas agudísimas y bien profundas  (sí, sarcasmo propio): “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Contrario a lo que opinan muchas de las personas con las que convivo cuando traigo puesta la playera de “mamá”, creo que mi tiempo no ha pasado. Frases hechas como “ya no estoy para esos trotes”, “las multitudes ya no son lo mío”, “prefiero una taza de té y una cobijita leyendo un buen libro”, “ya no estoy para patear loncheras”, “así es esto de madurar”, me parecen válidas si son verdad, pero al mismo tiempo creo que el 90% dson conductualmente aprendidas. Tanto, que me dan ganas de echarles una trompetilla a sus respetables emisores.

Y es que cuando uno rebasa los treinta, peor aún, cuando  uno se convierte en padre o madre, automáticamente adquiere limitaciones sociales. Ya no está bien reventar, el rock and roll se acabó, la máxima diversión a la que aspiras es un miércoles de cine al 2x1 y, si te dices un adulto maduro, responsable y buen padre debes dejar “la bohemia” a un lado para adoptar una postura ejecutiva, que económicamente te reditúe (aunque tengas que vender tu alma al diablo) y hacer alguna de las siguientes cosas (preferiblemente todas): hacerte de una casa con jardín, comprar un auto familiar, tener la mejor carriola bababú o como se llame, llevar a tus niños al gymboree, a la natación, al francés, al alemán, al Kumón, a la terapia, al ballet, al patinaje o cualquier disciplina, por lo menos una clase al día. Es tan demandante este perfil de puesto que quienes tenemos un genuino interés por hacer esta onda de la paternidad bien siempre estamos frustrados porque nunca es suficiente (ni lo será, no nos engañemos).

La pregunta es ¿quién nos dijo que así tiene que ser? ¿Y qué si no cumplimos con esa imagen que ha creado la sociedad de lo que deben ser los “adultos responsables”? ¿Y qué si alguien nos dijera que ese no es el camino correcto? ¿Y qué si juntos acabamos con estereotipos baratos que aprisionan? ¿Y qué si queremos “hangear” con los truly millennials”?¿Y qué si, después de un viaje familiar a un parque de toboganes en Cuautla y sentimos desfallecer de cansancio, nos lanzamos al Vive Latino y descubrimos que “we´ve still got it”, que gritar las canciones que nos gustan entre chavitos mariguanos sigue siendo MUY divertido (y no por eso somos unos inmaduros locos de atar a quienes el DIF debe alejar de sus hijos), que beber en domingo sabiendo que la resaca del lunes nos la va a cobrar con intereses vale la pena, y que a pesar de ser responsable de vidas ajenas, de la nuestra y del papel que jugamos como ciudadanos de este mundo SEGUIMOS VIVOS!?

No juzgo a quienes les da flojera este tipo de eventos, recalco. No estoy tampoco reinventando el hilo negro con la reflexión a la que pretende invitar este texto. Tampoco estoy en contra de quienes, honestamente, prefieren una rica taza de té, una frazada y una buena película (o un churro, pues) en la cama a una hora decente, o cualquier otra cosa. Lo único que estoy diciendo es que ni nuestro género, ni nuestra edad, ni nuestro momento deben –per se– dictar nuestras actitudes. El mundo sería un mejor lugar si los adultos actuáramos con la energía, la inocencia y el valemadrismo de los niños. A ellos no les importa si lo que hacen va “de acuerdo a su edad”, “de acuerdo a su grupo social” o “de acuerdo a lo que dicta lo políticamente correcto” , ellos sólo lo hacen y, si están siendo bien educados, enfrentan su respectiva consecuencia, igualito que nosotros.

Así que sin importar el mote que tengamos: mamá, chava ruca, hipster, millennial, pouser (ese era de mis tiempos), ¿qué tal que hacemos lo que nos dé la gana para ser felices, vivimos y dejamos vivir?




martes, 18 de marzo de 2014

Cuando la Edad Media y el siglo XXI se encuentran

En enero empecé a leer Los Pilares de la Tierra, bueno, en realidad a escuchar el audiolibro, porque quienes tenemos hijos preescolares, trabajo, proyectos personales y vivimos en la Ciudad de México difícilmente encontramos el tiempo para echarnos un libro de 1000 páginas en un par de meses. Le traía muchas ganas, me habían hablado maravillas de él, pero la verdad es que las primeras páginas no me atrapaban.
Fue hasta después que capturó mi atención (sí, capturó, no sólo la captó), y no por la historia de amor que lentamente se va armando entre personajes de historias paralelas que convergenen un punto de la novela de manera exquisita, sino por el shock que sufrí al darme cuenta que la realidad que se narra del siglo 12 ¡es la misma que vivimos novecientos años después! A partir de ese momento, más por continuar el experimento sociológico comparativo que por el disfrute (no menor) de la historia, devoré cada capítulo y acabé el libro en un mes. Tiempo récord, tomando en cuenta su extensión y que lo leí (escuché) en su lengua original.
Claro, Ken Follet nos regala una ficción situada en la vieja Inglaterra, seguramente los hechos no fueron así y muy probablemente hoy en día las cosas por allá han evolucionado, pero para mí fue aterrador encontrar tantas coincidencias sociales, económicas, religiosas y políticas entre los años robinhoodescos del viejo continente y los actuales aquí en México.
Sin el afán de revelar el libro a quienes no lo han leído (se los recomiendo, por cierto), la historia comienza describiendo los horrores que enfrentan las familias que no nacieron en cunas de la nobleza: frío, hambre, ignorancia, la impotencia de no encontrar trabajo aun siendo muy bueno en lo que haces, la injusticia política, lo raro que resulta ver a una mujer tomando las riendas de su vida y haciéndose cargo de sí misma, el castigo de la sociedad por ser distinto. Continúa compartiendo las no menos desafortunadas condiciones de la nobleza: matrimonios arreglados (siguen arreglados, no nos dejemos engañar, nomás vean la Quién y la Caras), hijos criándose con la servidumbre, padres demasiado atareados para poner atención en las necesidades emocionales de su familia, hipocresía, diplomacia, todo enfocado en el dinero. Y complementa cada rincón de la trama con la vida de la iglesia: sacerdotes de veras buenos que dejan su vida a un lado para imitar la de Jesucristo luchando contra hombres en sotana que no son mas que asesinos, violadores, mentirosos, controladores e igual o peor de pecadores que los cristianos de a pie.
¿Cómo es eso diferente a lo que vivimos hoy en día?
En una impactante escena, Aliena -la protagonista- acude al mercado a vender lana de una impecable calidad con la esperanza de, con esa venta, iniciar su negocio. En la fila, un hombre antes que ella recibe una libra por costal siendo que la calidad de su lana es regular. Cuando llega el turno de Aliena, el comprador le ofrece una mucho menor cantidad a cambio, ¿por qué? Adivinaste, por ser mujer. La única diferencia de esa escena con la falta de oportunidades y la mala paga en las mujeres de ahora, es que entonces por lo menos se decían las cosas como eran. Ahora, además de lo injusto de esta realidad, hay que luchar contra las hipocresías y las mentiras que nos dicen para no contratarnos, para pagarnos menos, y para mantenernos alejadas de puestos directivos. Ah, claro, también hay que luchar contra nosotras mismas, porque en ese entonces las mujeres estaban tan dejadas que entre ellas se empoderaban; ahora nos arrebatamos puestos, posiciones y nos hacemos la vida imposible para escalar jerarquías.
En los campos, los outlaws o forajidos de la historia viven sin leyes, roban, trafican lo prohibido, matan a sueldo, violan. ¿Lo hacen porque les gusta? No, porque no les queda de otra. Porque no tienen nada que perder, excepto la vida. ¿Encuentras semejanzas con Michoacán, Guerrero, o el Estado de México?
Ni que decir de cómo abusan los jerarcas y gobernantes, de la ambición de la clase alta por siempre tener más sin tomar en cuenta a los que tienen menos y de cómo los que siempre la pagan son los de la clase media.
Hace unos días fue el Día Internacional de la Mujer y tras este novelón que acabo de terminar (cuya segunda parte, Un mundo sin fin, ya la llevo a la mitad), me pregunto... ¿Cuándo vamos a despertar como humanidad y reconocer en la equidad (y no solo de género) el arma secreta? No somos menos, no somos más, tampoco somos ni pretendemos ser iguales, pero hasta que empecemos a colaborar: COlaborar, creo que saldremos de esta edad media de la que nos jactamos haber salido hace 600 años.

Si se quieren sumergir en este ejercicio social y literario, aquí les dejo los datos del libro. También hay audiolibro y miniserie.

jueves, 6 de marzo de 2014

No sólo soy mamá

Hace siete años me convertí en madre. Fue un embarazo sorpresa. Muy feliz, pero sorpresa. Digamos que un bebé no estaba en mis proyectos inmediatos. Después del primer año siendo mamá de Sara, tuve que empezar a tomar terapia para poder asimilar el cúmulo de cambios al que me había sometido. Yo no sé si una mamá que planea sus embarazos pasa por esa etapa de manera más sencilla. Igual el sólo hecho de haberse sentido listas y decirse a sí mismas "yo lo decidí" lo hace menos pesado. Tal vez es igual de difícil para ellas, o incluso más, no lo sé. Lo que sí puedo decir es que de ser una profesionista in crescendo, de estar dibujando mi plan de vida personal, de haber logrado coincidir con el hombre que yo amaba después de muchos años de idas y venidas, de adoptar a un hermoso golden retriever, de viajar, de desveladas a placer en bares, restaurantes y fiestas (o sólo viendo nuestra serie favorita hasta la madrugada), de levantarme a la hora que se me diera la gana los sábados y los domingos... pasé a ser una esclava de un concepto llamado "maternidad", que siempre me vendieron como algo muy hermoso pero que en ese momento no lo parecía tanto.
En pijama todo el día, sin tiempo ni para bañarme, con un cuerpo transformado, encerrada en mi casa, sin saber qué hacer con mi trabajo, y lo más duro: siendo toda una "señora" con su "marido". Porque claro, cuando todavía no tienes niños es más fácil que el viene-viene te diga "señorita" (aunque ya no lo seas), que cuando te ven bajar del coche armando carriola, cargando una pañalera, más tu bolsa, más la bolsita de la medicina del reflujo, más un portabebé ocupado.
Un bebé te da muchísima plenitud, pero también te da un mote de "señora con la vida resuelta" que a mí me asfixiaba al grado de sentir que por ratos no existía si no tenía a mi hija a un lado.
Y es que hoy, aun con mis dos hermosas hijas, ocho años de casada, un perro padrísimo, un departamento que me encanta y mil aventuras felices que compartir... mi vida NO ESTÁ RESUELTA. Ni siquiera creo que esté cerca de estarlo. Por Dios, estaba yo en esa búsqueda del trabajo de mis sueños cuando todo cambió, desde entonces he tenido que colaborar con los trabajos y proyectos que, aunque me gustan mucho en un nivel, no necesariamente me llenan, pero que me permiten combinar horarios y responsabilidades. Y no es que no se pueda, es que no quiero ni puedo dejar a mis hijas (física, emocional y cabalmente) por emprender una búsqueda que nadie sabe cuándo va a parar. Por el contrario, he tratado de ser feliz con lo que hago y he aprendido que esa búsqueda no sólo se logra a través de un camino y además no termina, es constante. Es más, durante estos años he estado buscando tanto, que a veces me cuesta trabajo reconocer todo lo que he encontrado. Y es que como dicen: "el destino es el camino".
Con este blog, además de lo que he venido persiguiendo desde hace siete años, busco congregarme virtualmente con todas esas mujeres que sienten lo mismo que yo: que desde que son, ya no son. Que desde que son las madres más plenas, orgullosas y felices, ya no son las empresarias, funcionarias, ejecutivas, artistas, editoras, fotógrafas, creativas, cinéfilas, amantes del buen comer (en todos los sentidos), desveladas, roqueras, viajeras e independientes que eran. A quienes aunque trabajen, tengan una exitosísima carrera profesional en su currículum, se estén realizando en lo que hacen y hayan encontrado la receta mágica para conciliar mundos... sienten que ya no son las mismas, que se tienen que redefinir y se dan permiso de seguir buscando.
Y cuando dejas de ser quien has sido por tantos años, ¿quién eres?... Yo aún no lo sé, pero si sé que no sólo soy mamá.