martes, 18 de marzo de 2014

Cuando la Edad Media y el siglo XXI se encuentran

En enero empecé a leer Los Pilares de la Tierra, bueno, en realidad a escuchar el audiolibro, porque quienes tenemos hijos preescolares, trabajo, proyectos personales y vivimos en la Ciudad de México difícilmente encontramos el tiempo para echarnos un libro de 1000 páginas en un par de meses. Le traía muchas ganas, me habían hablado maravillas de él, pero la verdad es que las primeras páginas no me atrapaban.
Fue hasta después que capturó mi atención (sí, capturó, no sólo la captó), y no por la historia de amor que lentamente se va armando entre personajes de historias paralelas que convergenen un punto de la novela de manera exquisita, sino por el shock que sufrí al darme cuenta que la realidad que se narra del siglo 12 ¡es la misma que vivimos novecientos años después! A partir de ese momento, más por continuar el experimento sociológico comparativo que por el disfrute (no menor) de la historia, devoré cada capítulo y acabé el libro en un mes. Tiempo récord, tomando en cuenta su extensión y que lo leí (escuché) en su lengua original.
Claro, Ken Follet nos regala una ficción situada en la vieja Inglaterra, seguramente los hechos no fueron así y muy probablemente hoy en día las cosas por allá han evolucionado, pero para mí fue aterrador encontrar tantas coincidencias sociales, económicas, religiosas y políticas entre los años robinhoodescos del viejo continente y los actuales aquí en México.
Sin el afán de revelar el libro a quienes no lo han leído (se los recomiendo, por cierto), la historia comienza describiendo los horrores que enfrentan las familias que no nacieron en cunas de la nobleza: frío, hambre, ignorancia, la impotencia de no encontrar trabajo aun siendo muy bueno en lo que haces, la injusticia política, lo raro que resulta ver a una mujer tomando las riendas de su vida y haciéndose cargo de sí misma, el castigo de la sociedad por ser distinto. Continúa compartiendo las no menos desafortunadas condiciones de la nobleza: matrimonios arreglados (siguen arreglados, no nos dejemos engañar, nomás vean la Quién y la Caras), hijos criándose con la servidumbre, padres demasiado atareados para poner atención en las necesidades emocionales de su familia, hipocresía, diplomacia, todo enfocado en el dinero. Y complementa cada rincón de la trama con la vida de la iglesia: sacerdotes de veras buenos que dejan su vida a un lado para imitar la de Jesucristo luchando contra hombres en sotana que no son mas que asesinos, violadores, mentirosos, controladores e igual o peor de pecadores que los cristianos de a pie.
¿Cómo es eso diferente a lo que vivimos hoy en día?
En una impactante escena, Aliena -la protagonista- acude al mercado a vender lana de una impecable calidad con la esperanza de, con esa venta, iniciar su negocio. En la fila, un hombre antes que ella recibe una libra por costal siendo que la calidad de su lana es regular. Cuando llega el turno de Aliena, el comprador le ofrece una mucho menor cantidad a cambio, ¿por qué? Adivinaste, por ser mujer. La única diferencia de esa escena con la falta de oportunidades y la mala paga en las mujeres de ahora, es que entonces por lo menos se decían las cosas como eran. Ahora, además de lo injusto de esta realidad, hay que luchar contra las hipocresías y las mentiras que nos dicen para no contratarnos, para pagarnos menos, y para mantenernos alejadas de puestos directivos. Ah, claro, también hay que luchar contra nosotras mismas, porque en ese entonces las mujeres estaban tan dejadas que entre ellas se empoderaban; ahora nos arrebatamos puestos, posiciones y nos hacemos la vida imposible para escalar jerarquías.
En los campos, los outlaws o forajidos de la historia viven sin leyes, roban, trafican lo prohibido, matan a sueldo, violan. ¿Lo hacen porque les gusta? No, porque no les queda de otra. Porque no tienen nada que perder, excepto la vida. ¿Encuentras semejanzas con Michoacán, Guerrero, o el Estado de México?
Ni que decir de cómo abusan los jerarcas y gobernantes, de la ambición de la clase alta por siempre tener más sin tomar en cuenta a los que tienen menos y de cómo los que siempre la pagan son los de la clase media.
Hace unos días fue el Día Internacional de la Mujer y tras este novelón que acabo de terminar (cuya segunda parte, Un mundo sin fin, ya la llevo a la mitad), me pregunto... ¿Cuándo vamos a despertar como humanidad y reconocer en la equidad (y no solo de género) el arma secreta? No somos menos, no somos más, tampoco somos ni pretendemos ser iguales, pero hasta que empecemos a colaborar: COlaborar, creo que saldremos de esta edad media de la que nos jactamos haber salido hace 600 años.

Si se quieren sumergir en este ejercicio social y literario, aquí les dejo los datos del libro. También hay audiolibro y miniserie.

jueves, 6 de marzo de 2014

No sólo soy mamá

Hace siete años me convertí en madre. Fue un embarazo sorpresa. Muy feliz, pero sorpresa. Digamos que un bebé no estaba en mis proyectos inmediatos. Después del primer año siendo mamá de Sara, tuve que empezar a tomar terapia para poder asimilar el cúmulo de cambios al que me había sometido. Yo no sé si una mamá que planea sus embarazos pasa por esa etapa de manera más sencilla. Igual el sólo hecho de haberse sentido listas y decirse a sí mismas "yo lo decidí" lo hace menos pesado. Tal vez es igual de difícil para ellas, o incluso más, no lo sé. Lo que sí puedo decir es que de ser una profesionista in crescendo, de estar dibujando mi plan de vida personal, de haber logrado coincidir con el hombre que yo amaba después de muchos años de idas y venidas, de adoptar a un hermoso golden retriever, de viajar, de desveladas a placer en bares, restaurantes y fiestas (o sólo viendo nuestra serie favorita hasta la madrugada), de levantarme a la hora que se me diera la gana los sábados y los domingos... pasé a ser una esclava de un concepto llamado "maternidad", que siempre me vendieron como algo muy hermoso pero que en ese momento no lo parecía tanto.
En pijama todo el día, sin tiempo ni para bañarme, con un cuerpo transformado, encerrada en mi casa, sin saber qué hacer con mi trabajo, y lo más duro: siendo toda una "señora" con su "marido". Porque claro, cuando todavía no tienes niños es más fácil que el viene-viene te diga "señorita" (aunque ya no lo seas), que cuando te ven bajar del coche armando carriola, cargando una pañalera, más tu bolsa, más la bolsita de la medicina del reflujo, más un portabebé ocupado.
Un bebé te da muchísima plenitud, pero también te da un mote de "señora con la vida resuelta" que a mí me asfixiaba al grado de sentir que por ratos no existía si no tenía a mi hija a un lado.
Y es que hoy, aun con mis dos hermosas hijas, ocho años de casada, un perro padrísimo, un departamento que me encanta y mil aventuras felices que compartir... mi vida NO ESTÁ RESUELTA. Ni siquiera creo que esté cerca de estarlo. Por Dios, estaba yo en esa búsqueda del trabajo de mis sueños cuando todo cambió, desde entonces he tenido que colaborar con los trabajos y proyectos que, aunque me gustan mucho en un nivel, no necesariamente me llenan, pero que me permiten combinar horarios y responsabilidades. Y no es que no se pueda, es que no quiero ni puedo dejar a mis hijas (física, emocional y cabalmente) por emprender una búsqueda que nadie sabe cuándo va a parar. Por el contrario, he tratado de ser feliz con lo que hago y he aprendido que esa búsqueda no sólo se logra a través de un camino y además no termina, es constante. Es más, durante estos años he estado buscando tanto, que a veces me cuesta trabajo reconocer todo lo que he encontrado. Y es que como dicen: "el destino es el camino".
Con este blog, además de lo que he venido persiguiendo desde hace siete años, busco congregarme virtualmente con todas esas mujeres que sienten lo mismo que yo: que desde que son, ya no son. Que desde que son las madres más plenas, orgullosas y felices, ya no son las empresarias, funcionarias, ejecutivas, artistas, editoras, fotógrafas, creativas, cinéfilas, amantes del buen comer (en todos los sentidos), desveladas, roqueras, viajeras e independientes que eran. A quienes aunque trabajen, tengan una exitosísima carrera profesional en su currículum, se estén realizando en lo que hacen y hayan encontrado la receta mágica para conciliar mundos... sienten que ya no son las mismas, que se tienen que redefinir y se dan permiso de seguir buscando.
Y cuando dejas de ser quien has sido por tantos años, ¿quién eres?... Yo aún no lo sé, pero si sé que no sólo soy mamá.